Dos investigaciones españolas sustentan que la óptima satisfacción emocional alimenticia no depende tanto de los alimentos, sino de con quién se comparte la comida, no usar dispositivos de pantalla y disfrutar plenamente del momento de comer.
Comer en agradable compañía con una comida casera y sin pantallas es el escenario óptimo para el cerebro y las emociones, señaló el estudio La ciencia de lo que se cuece en la cocina presentado por la compañía IKEA, la Sociedad Española de Neurología (SEN), la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y el Centro de Investigación Biomédica en Red de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (CIBEROBN) del Instituto de Salud Carlos III, concluyeron dos investigaciones complementarias realizadas de manera simultánea a finales del año pasado.
El primer estudio denominado Impacto de la Digitalización en los Hábitos Alimentarios elaborado por el Centro de Investigación Biomédica en Red de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición indica que la comunicación humana es un factor protector de la salud alimentaria, por lo que charlar en la mesa se asocia a patrones de ingesta más saludables, fomentando una relación más consciente y menos impulsiva con los alimentos. Este hábito contribuye además a disminuir la ingesta emocional y también limita la ingesta externa que no responde a las señales internas de hambre y saciedad. Todo lo contrario sucede con el uso de las pantallas durante la comida, ya que la interacción social ayuda a mantener la atención en un contexto social saludable. Esta investigación sustenta que el bienestar psicológico depende cada vez más de cómo comemos y con quién lo hacemos.
La metodología del trabajo detallada en el resumen ejecutivo fue:
- Realizar un estudio piloto transversal con 208 participantes
- Dos tercios de ellos mujeres con rango etario entre 18 y 82 años.
- Se dividió la muestra en dos grupos:
- Clínico, con 130 personas, que padecían algún tipo de trastorno alimentario o adicción a las nuevas tecnologías.
- De población general con 78 personas.
El objetivo principal consistió en analizar cómo el uso de pantallas repercute en los hábitos alimentarios y en las conductas sociales de la población española. La información se recabó a través de un cuestionario específico denominado Impacto Negativo de las Pantallas sobre los Hábitos Alimentarios, que se diseñó específicamente para este proyecto y que consta de 44 ítems e incluye cuestiones sociodemográficas, hábitos alimentarios, uso de pantallas y hábitos de sueño. También se utilizaron las escalas Dutch Eating Behavior Questionnaire, que mide los tres estilos de ingesta desadaptativos, y Plan-net 25, que evalúa la sobrevaloración de la utilidad relativa de las redes sociales cuando su uso es problemático.
- Una de las principales evidencias encontradas es que comer sin pantallas se considera una excepción, menos de 2 % de la muestra lo hace.
- En cuanto al tipo de dispositivo, el móvil está presente en casi la mitad de las comidas entre semana (47 %) y en más de la mitad los fines de semana (53 %).
- También se vio que la digitalización de la comida es un fenómeno transversal que no depende de forma directa de otros factores como la actividad laboral.
En esa línea, el bienestar psicológico depende de la forma como comemos y con quién desarrollamos esta actividad. Queda claro que la digitalización no es un espacio de conexión, más bien lo contrario, es un escenario de soledad o aislamiento que incide directamente en nuestro bienestar psicológico y en los hábitos alimentarios. Así pues, charlar en la mesa es una actividad protectora de la conducta alimentaria que se asocia a patrones de ingesta más saludables. A su vez, reduce el estilo de ingesta emocional, que usa la comida como respuesta a estados afectivos negativos y limita la ingesta externa que no atiende a señales de hambre o saciedad. Se evidenció que el grupo clínico come en soledad con mayor frecuencia (7 veces más entre semana y 18 veces más los fines de semana) que la población general y que el aislamiento en la mesa podría constituir un marcador de riesgo psicosocial, por lo que la comunicación humana se convierte en un factor protector de la salud alimentaria.
El investigador Fernando Fernández-Aranda, subdirector del Centro de Investigación Biomédica en Red de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición y coordinador del estudio, señaló en una nota de prensa: "El acto de comer no constituye únicamente una actividad relacionada con la ingesta nutricional, sino que representa un entorno para la promoción del bienestar psicológico y que comer en compañía y sin pantallas no responde a una visión idealizada del pasado, sino a prácticas respaldadas por la evidencia científica en salud física y mental".
La Sociedad Española de Neurología y la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid realizaron el segundo estudio titulado Identificando las emociones en los hábitos culinarios con IA y equipos biométricos, que corrobora que la compañía humana se postula como el principal impulsor de bienestar durante la preparación y consumo de alimentos, superando con mucho el efecto de cualquier interacción digital. Los registros biométricos empleados en el estudio se basaron en el empleo de cuatro técnicas: medición de la conducta dérmica, reconocimiento facial, seguimiento ocular y electroencefalograma. A través de un enfoque multimétodo que integra los tres tipos de registros biométricos clasifica las emociones básicas registradas en cada una de estas actividades. Un primer experimento reflejaba una situación real de la vida diaria, como cocinar o comer en la cocina, y otro se efectuó en un laboratorio donde las personas vieron videos que reproducen las situaciones sobre comida y alimentación y reaccionar frente a las emociones que sentirían. Se analizaron más de 157.000 datos de electroencefalografía, reacciones de la piel y se pudieron comparar los resultados obtenidos. En la cocina cada uno de los cinco participantes se sometió a tres situaciones tanto al cocinar como al comer: en soledad, sin pantallas, solo y con el móvil utilizando contenidos de la red social TikTok y acompañado interactuando con otras personas.
En la fase de laboratorio 50 personas visualizaron ocho videos de trece segundos que mostraban distintos escenarios, según tipo de comida (casera y procesada), contexto social (solo o acompañado) y uso o no de pantallas. Se registraron los efectos en seis emociones básicas: alegría, tristeza, miedo, ira, sorpresa, asco y aversión. Y estas emociones se organizan en dos ejes: de agradable a desagradable y de estado de calma a la alta excitación.
Ana Reyes, catedrática en Comercialización e Investigación de Mercados de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, sostiene en nota de prensa: "Gracias al uso de equipos biométricos e inteligencia artificial en el estudio hemos podido obtener más de 250.000 datos que se han codificado para medir científicamente el impacto que tiene de forma inconsciente el desarrollo de hábitos culinarios, solo o acompañado y especialmente el impacto que tiene en el bienestar emocional el uso del teléfono".
Según se desprende del estudio, el mayor bienestar se alcanza con la combinación de comida casera, acompañada y sin pantallas, que maximiza la alegría (17,8 % del espectro emocional) y equilibra la intensidad de la experiencia. Se aprecia que comer acompañado mejora la absorción de nutrientes al ingerir más despacio y reduce el riesgo de obesidad al facilitar la saciedad consciente. Por el contrario, hacerlo frente a una pantalla activa un estado cerebral similar a la alerta, impidiendo la degustación y convirtiendo el acto de comer en un simple trámite. Por tanto, la compañía social es el modulador emocional más potente, que transforma una tarea rutinaria en una experiencia altamente gratificante. Se ha visto también que cocinar acompañado aumenta la alegría en un 23,2 % respecto a hacerlo solo, mucho más marcado que el dato registrado en laboratorio. Además, comer acompañado reduce el sentimiento de rechazo en 23,5 %.
Las mujeres registran de media 5,11 puntos más de alegría que los hombres en todos los contextos culinarios, lo que se entiende como una mayor conexión afectiva con estos escenarios. Ellos presentan más niveles de estrés (+ 4,39 puntos) y rechazo (+ 3,41 puntos) al enfrentarse a estas tareas, si bien esas diferencias se mitigan en contextos sociales positivos.
En cuanto a tipo de comida casera frente a procesada, no hubo grandes diferencias, la procesada generó una leve respuesta de miedo o desconfianza biométrica (+1,56 puntos) y también redujo ligeramente la alegría.
Esta investigación demuestra científicamente que la calidad emocional de nuestra alimentación depende menos de los alimentos que hay en el plato y mucho más de con quién compartimos la comida, de la desconexión digital y de vivir el momento presente. Estar acompañado mejora la absorción de nutrientes y reduce el riesgo de obesidad al facilitar la saciedad consciente.
En otro orden de ideas se documentó que el uso de móviles u otros dispositivos no provoca emociones de tristeza de manera directa, pero deteriora la experiencia, reduce la alegría en 32 %. El móvil en la cocina incrementa el estrés en 1,57 puntos y no logra sustituir la interacción humana. Comer con el móvil presentó la valencia más negativa (-52,5), siendo peor que comer solo. Deja claro que el móvil no logra reemplazar a las personas, sino que genera emociones casi idénticas a las que se registran cuando se cocina solo, pero con un incremento añadido del estrés (+1,57 puntos) por la atención dividida.
Tan interesante como previsible es que los comensales más vulnerables son los jóvenes de alrededor de 28 años que hacen uso significativamente mayor de las pantallas, más del doble que la población general, con 5,36 horas por día frente a las 2,49 horas, señaló el estudio del Centro de Investigación Biomédica en Red de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición. Respecto a las redes sociales, el factor clave es la cantidad de tiempo que se pasa conectado a estas plataformas; estar más horas en TikTok o Instagram genera una creencia de que estas redes son esenciales para la aceptación social y la regulación emocional. Además, remarcó que el mayor uso nocturno de pantallas se corresponde con menos horas de sueño y peor descanso (31 % duerme menos de 6 horas/día). En esa línea, según el estudio de la Sociedad Española de Neurología y la Universidad Rey Juan Carlos, los jóvenes son más sensibles a las pantallas, su impacto negativo es cuatro veces mayor en jóvenes (entre 19 y 35 años) que en los adultos mayores de 51 años. En los jóvenes el móvil reduce la alegría de forma mucho más acusada, posiblemente porque son más conscientes de la interferencia tecnológica o phubbing (ignorar a una persona presente para prestar atención al móvil).